Sinsentido

Aún tengo el día encogiendo al corazón
que enjaulado entre la rabia y el estupor
deambula entre sueños de sombras alargadas,
adueñándose del grito me mi voz diciendo NO.

Aún tengo el día apuñalando a la razón
que pisoteada en sinsentido, herida se levantó,
acompañada en las calles por miles de almas
exigiendo justicia e igualdad.

Y hoy es el día en que las sombras se asoman,
vuelven a agarrar al corazón en puño,
nos recuerdan que la ley está lejos de la calle
para aniquilar todo lo que no está escrito.

Y el sentido común pide justicia,
y el juez brama que la calle es estúpida,
mientras, las vergas inmundas como sombras alargadas
nos dejan en un invierno eterno de libertad.

iñaki navarlaz rodríguez

“Recuerdos de lo cotidiano”

Fotografía de la concentración en Plaza del Ayuntamiento de Pamplona contra la decisión de los jueces de dejar en libertad bajo fianza a los miembros de “la manada” / Noticias de Navarra

 

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La espera

Entre oscuridades y bailes desaforados
y vasos que gimen dentro de las bocas
que deslenguadas siguen el ritmo de las letras
que ya no dicen nada, sólo son puro ruido
y descanso de las mentes adormecidas;
he parado en un rincón a esperar en fila.

Desde allí sólo se dibujan sombras que tambalean
en la noche de fiesta perturbada, loca;
alguna pequeña conversación por el orden,
algún vacile de fila mixta por si luego
pueden nuestras almas agarrarse a la luz
de las copas que se mecen bajo la luna.

Y allí, entre bailes de “sanvitto” y apriete de riñones
a veces se descubren palabras que haber dicho,
perdones que escondimos una vez debajo del miedo,
sonrisas en carcajada contenida prestando sus miradas;
y entonces te vibra el bolsillo y miras,
se perdió la cobertura y es tu turno, te toca.

Ya dentro, en descarga de mil neuronas ansiosas,
baldosas a veces dibujadas, otras, forradas de miradas perdidas,
y el ruido, el ruido desaparecido, como alejado,
ya no hay sombras, ni bailes, 60 segundos de soledad,
y el cerebro que se abre con lucidez embriagadora y al salir,
ya no hay sombras, es todo una luz cegadora.

Iñaki Navarlaz Rodríguez

“Recuerdos de lo cotidiano”

Imagen de StockSnap

Las tres ciudades

En esas calles de adoquín y charco
de fiesta nocturna entre miradas y agarradas,
a veces tocaba correr entre las sombras
de molotov y las porras del que nos guardaba.

A veces la Pamplona jaleada se hacía la ciega,
e inmóvil dejaba pasar los inviernos a la espera
de las vísperas y sus cantos de campana,
como si su sanfermín fuera respuesta verdadera.

La vieja Iruñea se levantaba con la mirada alta,
como si el mundo alrededor suyo girara,
con las palabras que mudas se agitaban en protestas
y pancartas hechas con manos maniatadas.

A veces, en estas calles de loseta y flores,
se puede escuchar la música que brota de las esquinas
como queriéndonos llevar en fiesta y grito,
persiguiendo a la carrera a quién nos aniquila.

Iñaki Navarlaz Rodríguez

“Recuerdos de lo cotidiano”


Fotografía de Jorge Nagore

en la web http://www.arovite.com

Entre las sábanas

Se enredan tus dedos en mis sábanas
cuando la noche teje sueños
después de las mañanas frenéticas
que arrastran nuestros pasos encadenados.

Y es allí donde nuestras miradas
cruzan horizontes que por explorados
no dejan de ser sabores para nuestras bocas,
como si cada vez hubiera una miel que descubrir.

Y todos los días, que por iguales
nos muestran en el espejo de lo cotidiano
nuestros caminos enredados y mil veces recorridos,
ponemos una caricia nueva entre las sábanas.

Iñaki Navarlaz Rodríguez

“Recuerdos de lo cotidiano”


Imagen de Free-Photos

El hombre de la caja

En las rodillas de aquel niño se guardan
los secretos raspados por la madera del suelo,
la mirada que al frente y levantada
acompañaba a las palabras que gritaban
contra aquel hombre que viajaba en la caja,
la muerte de la dictadura entraba en todas las casas.

Las calles que estaban despiertas se mostraban
vacías de vida y balonazos prisioneros,
los juegos habían dejado paso a la tristeza,
también a una alegría contenida a la vista,
que en los rincones de las habitaciones humanas
se convertía en vinos y panes, en libertad.

Las rodillas que seguían arañadas y clavadas
ante las imágenes en blanco y negro de la muerte,
viajaban por los pasillos de la casa impacientes,
en continua protesta porque no entendían que
el hombre de la caja importaba más que sus dibujos,
que la muerte ese día, podía con la fantasía.

La televisión siguió gobernada por las sombras
hasta que un día la fantasía se asomó vergonzosa,
como pidiendo un permiso que había perdido,
entonces, las rodillas volvieron a clavarse en el suelo
con la mirada al frente y levantada, dando paso
al caminar desencadenado de la vida, y de la fantasía.

Iñaki Navarlaz Rodríguez

“Recuerdos de lo cotidiano”


Imagen de El Español