Domingo sangriento

Donde el viento susurra entre árboles hace años cayeron mil cuerpos inocentes. Allí, donde los campos verdes gobiernan la mirada, fueron a morir sin saberlo. La calle se llenaba de una fiesta tensa, mezcla de alegría y de rabia, y terminó siendo el encierro más sangriento que su corazón recuerde. El cemento era más negro, el aire más denso, el fuego más alto, y no se supo ver la escuálida sombra de la muerte.

Allí, donde el viento susurra inocencia, donde las montañas cuentan historias, comenzó una guerra absurda, entre el odio y la envidia; como todas.

Y ayer, aún continuaba sembrando el miedo, que no dejaba escuchar al viento golpear la hierba, ni el corretear de los niños por las calles, ni siquiera ver un beso escondido cuando caía la tarde.

Hoy, que parecía haber terminado la pesadilla, un sueño que escondía bajo su almohada un arma, una lucha entre dos hermanos por la nada, la realidad nos vuelve a golpear en el mismo lugar.

Donde los domingos había entierros hoy hubo una boda, donde el fuego ardía en los rincones hoy cae una lluvia tímida; pero parece que alguien no lo desea y quiere otro “Domingo Sangriento”; mientras, el resto aprovechan para quererse alrededor de las tumbas que tuvieron que ocupar.

iñaki navarlaz rodríguez

Pequeños relatos extraños

*Imagen de geralt

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El hombre del traje gris

El hombre de traje gris ha salido tímidamente de su pequeño rincón para recorrer el corto camino que separa sus pasos, buscando una palabra que le guíe por la senda de la libertad, que le lleve al principio de un descanso subterráneo.

El hombre del traje gris ha huido de las miradas que rodeaban su silencioso mundo para no volver nunca a sentir el peso de la ley y de la injusticia, para saberse preso de sí mismo, y de ese modo plantar en el hielo la semilla de una manzana sabia.

El hombre del traje gris ha sabido desperdiciar el tiempo que su vida le ha dado. La luz que jamás le inspiró el movimiento de una idea distinta le cegó la vista de la memoria e hizo que su sombra llegase a desaparecer de las aceras.

El hombre del traje gris ha muerto en la hora prevista sin causar escándalo ni desolación, ha sabido desaparecer, como el caracol en su caracola, despacio, quizá demasiado, sin ser jamás color de una idea loca.

Sin sobrevolar con la mirada el límite de la realidad.

iñaki navarlaz rodríguez

Pequeños relatos extraños

*Imagen de Free-Photos

La última mirada

Ocho pasos me quedan para morir.

Entre el calor y el frío aparecen murmuradores los sueños de una pesadilla olvidada, y odiando el mundo ni me despido, ni lloro, y tampoco sufro, tal vez por miedo, quizás por insatisfacción. Vuelvo y no voy, soy desvanecer, el polvo que todos tragan.

Pero jamás nadie me ha mirado porque siempre han visto lo que sus ojos han deseado ver; un animal, un espanto. Pidieron mi muerte y ahora la tienen.

Ocho pasos me quedan para morir.

Entre el calor y el frío aparecen murmuradores los recuerdos de una pesadilla olvidada, y escucho cuanto me odian, paseo por el corto camino de mi celda soñando si hubiera sido… Si una mano me hubiera acogido. Pero ya no merece la pena. Y quién sabe si así es mejor.

Retrocedo y no puedo mirar a mi fantasma, un tiempo asesino, otro condenado, y siento mi vida decir adiós entre los murmullos para terminar agotado mirando la noche, sin cerrar los ojos, sin querer morir, o sin desear vivir. No sé.

Aparto el sinsentido y busco refugio encontrando un muro helado, una cadena en romperse, como mi vida… Como yo.

Y ya sólo me queda el consuelo de volvernos a ver donde no hay odio, donde no hay venganza…

iñaki navarlaz rodríguez

Pequeños relatos extraños

*Imagen de PDPics

 

El atraco obligado

Y entonces sintió su pecho estallar. Y donde debiera estar el suelo aparecía el techo. Oía voces lejanas, algún grito. Veía sombras de colores que se emborronaban, notaba que el aire que respiraba era cada vez más frío. Que su cuerpo se mojaba.

Sintió que jamás volvería a pasar hambre. Su niña tal vez sí. De repente, la luz se apagó y todo quedó envuelto en el olvido.

La niña, la que bailaba en sus rodillas, pasó hambre. Pero ya no. Ahora regatea a la vida con su música que vende a millones. Pero que a su madre ya no le devuelve.

Iñaki Navarlaz Rodriguez

“Pequeños relatos extraños”


Imagen de arcane87

Frontman

Había poca luz en el local, el ambiente se llenaba de humo, nadie hablaba y todos gritaban, las cervezas volaban por encima de las cabezas.

Todo empezó con una guitarra distorsionada, cuyo sonido inundó los oídos de aquella gente tan solitaria. Una batería que parecía una metralleta, un sujeto lanzándose del escenario, un tumulto arrollando a otro tumulto, y al final, luces que no iluminaban nada.

Su voz cantaba historias de noches hasta el límite, de días hasta la muerte, de sueños para la nada. Y bailaba, y corría y saltaba, y bailábamos, y corríamos y saltábamos, y mientras la música ensordecía el sonido de la rutina, dando a la magia del tiempo la alegría de la tristeza.

Y cuando terminó la música acabó el sueño, los gritos eran voces y la cerveza charcos en el infierno. De la voz sólo quedaba el recuerdo y de la noche el tiempo de otra noche, y dormir en el día el sueño de toda la vida.

Iñaki Navarlaz Rodríguez

Fotografía de Pexels