El atraco obligado

Y entonces sintió su pecho estallar. Y donde debiera estar el suelo aparecía el techo. Oía voces lejanas, algún grito. Veía sombras de colores que se emborronaban, notaba que el aire que respiraba era cada vez más frío. Que su cuerpo se mojaba.

Sintió que jamás volvería a pasar hambre. Su niña tal vez sí. De repente, la luz se apagó y todo quedó envuelto en el olvido.

La niña, la que bailaba en sus rodillas, pasó hambre. Pero ya no. Ahora regatea a la vida con su música que vende a millones. Pero que a su madre ya no le devuelve.

Iñaki Navarlaz Rodriguez

“Pequeños relatos extraños”


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